
Su nombre era Guillén “de Ferro”, ya que su grito de lucha era “desperta ferro”, frase que pronunciaba entre rugidos momentos antes de atacar mientras golpeaba el borde de su azcona sobre las piedras, creando un halo de chispas que intimidaban a su enemigo. Sorprendía que no llevase armas defensivas, escudo o coraza de ningún tipo, pero su forma de pelear así lo aconsejaba y de veras que lo demostraba continuamente.
Vivía en un lugar próximo al puerto del Muradal en plena Sierra Morena y el pillaje era la base de su existencia. Hacía años que se había acabado la lucha contra el moro y su forma de vida le mantenía alejado de la gente que temía a los de su ralea y les llamaban Golfines.
Ya no quedaba casi nada de sus añoradas gestas, sorprendentes y desiguales batallas victoriosas, la lucha de sus antepasados (los auténticos almogávares) en tierras de Aragón, Sicilia, Gallipoli, las partidas al lado de Gonzalo de Córdoba y contra el reino de Granada ayudando a los ejércitos de los Reyes Católicos, con el solo pago del botín que requisaban al vencido. Al ser inadaptados, seguían con la vida que siempre habían llevado y se dedicaban a lo único que sabían, la lucha y el pillaje.
La primera vez que vino a Alcaudete, lo hizo junto a Don Ramiro, que en una ocasión le salvó de una muerte cierta y el almogávar le juró fidelidad mientras tuviese vida, estando siempre presto a la llamada del caballero Setienne.
Don Ramiro le mandaba llamar siempre que tenía que enfrentarse a alguna situación de peligro y lo usaba de guardaespaldas y como ojeador o avanzadilla de sus peligrosos viajes. Se aproximaba un incierto viaje a Orán con el señor conde y sus huestes , así es que consideró útil que el almogávar le acompañase.
Había interés por conocerlo ya que se había hablado mucho de su habilidad en la lucha, así es que, al llegar, lo primero que hizo don Ramiro fue llevarlo ante la presencia de los señores condes que estaban deseosos de conocer personalmente a uno de aquellos luchadores cuya fama hacía mucho tiempo que corría de boca en boca.
Al verle sufrieron una gran decepción. Contemplaban con asombro a aquel soldado que ni tenía presencia ni se parecía en modo alguno a los guerreros que ellos tenían como feroces contendientes, hasta que, finalmente, mirando al almogávar de arriba abajo, dijo con desdén la señora condesa:
- ¿Es este el celebre almogávar imprescindible para su defendimiento, don Ramiro?
Antes de que don Ramiro pudiese contestar, respondió el almogávar:
- Señora, si queréis saber lo que es un almogávar, haced que uno de vuestros caballeros, con su mejor armadura, a caballo y revestido de todas sus armas se preste a pelear conmigo, que sólo llevaré mi coltell y mi azcona.
Los caballeros del séquito del conde ante aquel desafío se enfurecieron sobremanera y casi todos se ofrecieron a luchar con el glofín y castigar en una buena pelea su insolencia.

Ocupó su sitio el caballero Angulo al final del palenque, montado en un brioso corcel de batalla y armado de todos sus apechusques y armas y en el otro extremo se situó Guillén “de Ferro” con su azcona y su faca.
Al darse la señal, don Tomás de Angulo picó las espuelas y se lanzó contra el almogávar con el fin de atravesarlo de parte a parte en cuanto estuviese al alcance de su lanza. Impasible ante la acometida, el almogávar estaba muy tranquilo y sin mostrarse nervioso en ningún momento y cuando le pareció adecuada la distancia con el caballero, lanzó con descomunal fuerza su azcona contra los ijares del caballo, con tanta precisión que se la clavó más de un palmo en la raja del petral, cayendo estrepitosamente el caballo a tierra y arrastrando a su vez al caballero. Empuñó su faca el almogávar abalanzándose como un felino sobre don Tomás que estaba boca arriba en el polvoriento suelo, le sujetó la cabeza poniendo su pie izquierdo sobre el yelmo e introdujo su cuchillo por la gola de la armadura. En ese momento levantó la vista hacia los señores condes y eso salvó la vida del caballero Angulo, ya que el conde poniéndose de pie paró el combate declarando vencedor al almogávar. El combate se había desarrollado en un suspiro, y había durado menos de lo que se tarda en contarlo.
Todo el pueblo estaba asombrado y Martinillo necesitaba que alguien se lo contara, ya que dudaba de lo que sus ojos habían visto, para él un caballero con armadura era la cosa mas poderosa que había visto jamás y ese convencimiento había desaparecido en un instante de su mente. Todo el mundo quedo asombrado y al recuperar el resuello rompieron en aplausos para el vencedor. El conde que estaba presto para marchar a Orán indicó a don Ramiro que nombrara ojeador de la expedición a Guillén “el Ferro” , le obsequió con una buena bolsa de dineros y le regaló un repujada y adornada espada corta.
Continuará…